Día 693, miércoles
"No puedo quejarme de nada, tuve una educación privilegiada. El problema fundamental de educarse es que eventualmente uno se da cuenta de las cosas. Estudié antropología. Al acabar la carrera, algunos profesores coincidieron en que yo era una promesa. Gané muchos premios aquí y allá. Me becaron en distintas universidades. Antes de que me dedicara exclusivamente a esto, escribí unos libros sobre política, medios de comunicación y postcolonialismo. Todavía algunos recuerdan el ensayo que publiqué en una revista sobre el mensaje oculto del Chavo del 8 -poca gente lo sabe, pero esa serie obstaculizó la lucha de clases en Latinoamérica. Lo que quiero decir es que ascendí hasta lo más alto que puede llegar un chico de mi edad, con cierto nivel intelectual y un poco de capacidad creativa. Es gracioso, justo cuando había decidido abandonar el país e iniciar una nueva vida muy lejos, encuentro aquellas cintas de video. Resulta increíble cómo un fragmento de tu pasado puede atentar contra todo aquello que crees que está sucediendo con tu vida. Por ejemplo, yo creía que lo tenía todo: reconocimiento, estabilidad económica, una pareja. Pero nada de eso podía cambiar los árboles verdes, el cielo gris, la pasividad de la habitación de los abuelos un jueves por la tarde. Intenté analizar las imágenes, sacarles brillo, deconstruir su estructura. Todo en vano. Hasta que un día, después de una larga temporada recluído en mi habitación, me percate de lo violentas que resultaban aquellas imágenes. Una violencia absolutamente devastadora. En conjunto, aquella vida fue lo que Albert Camus atinó en metaforizar como una peste, una lenta, trágica y monocorde peste".